El invierno envuelve el paisaje en un abrazo de cristal

Compartir artículo

Al amanecer, el rocío de la noche se congela sobre los pétalos y las ramas, vistiéndolos con un manto blanco y frágil. El sol, tímido pero insistente, se filtra entre los árboles que reflejan la luz en mil tonalidades, como si el invierno tejiera su propia filigrana de cristal.

El aire es limpio, cortante y vibrante. Cada bocanada trae consigo la esencia del frío, ese aroma inconfundible de leña encendida en la distancia y tierra dormida bajo el hielo.

Caminar por este paisaje es adentrarse en un cuento de invierno, donde el tiempo parece detenerse y la belleza efímera de la estación se convierte en un espectáculo silencioso e hipnótico.

En las primeras horas del día, cuando el sol aún no ha disipado la helada, el invierno nos recuerda su poder, su calma y su innegable hechizo.